Nochevieja 2000.
Tanto champán me mareó;
tuve que quitarme la cabeza.

Una estrella señaló mi nacimiento por lo que, siendo un bebé, fui raptada por unos budistas que me confundieron con el nuevo dalai lama reencarnado. Al darse cuenta de su error, los budistas me abandonaron en el primer sitio que les vino a mano: un castillo de Transilvania ocupado por una extraña familia de la que aprendí cuanto sé (vease en la foto una de mis habilidades).

A los quince años, habiendo adquirido ya todo el conocimiento sobre ciencias ocultas que aquella familia podía ofrecerme, me escapé del castillo cautivada por los encantos de un joven alquimista de quien pronto me cansé y a quien abandoné para trasladarme a América y continuar mi aprendizaje: vudú, santería y candomblé.

Durante largo tiempo recorrí el mundo, cual Marco Polo, en busca de lugares y personas que pudiesen ayudarme a ahondar en las porfundidades de lo esóterico.

La fama me asedió pronto, gracias a mis innatos e isuperables poderes, y actualmente realizo trabajos de alta magia y videncia para personalidades del mundo entero. En mi lista de espera, que se extiende hasta mayo de 2020, figuran gobernantes, artistas, cantantes, deportistas y primeras figuras de todo género.

En mis ratos libres escribo libros.


1996
Don Benito Pérez Galdós me prestó su despacho de Las Palmas de Gran Canaria por un rato.

 

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