Durante varios años tuve en esta página una biografía en broma que comenzaba: “Una estrella señaló mi nacimiento por lo que, siendo un bebé, fui raptada por unos budistas que me confundieron con el nuevo Dalai Lama reencarnado. Al darse cuenta de su error, los budistas me abandonaron en el primer sitio que les vino a mano: un castillo de Transilvania ocupado por una extraña familia de la que aprendí cuanto sé… Me escapé del castillo cautivada por los encantos de un joven alquimista de quien pronto me cansé y a quien abandoné para trasladarme a América y continuar mi aprendizaje: vudú, santería y candomblé.” y concluía “actualmente realizo trabajos de alta magia y videncia para personalidades del mundo entero. En mi lista de espera, que se extiende hasta mayo de 2020, figuran gobernantes, artistas, cantantes, deportistas y primeras figuras de todo género”. Para mi pasmo, cierto número de personas se tomaba en serio tamaños disparates y me escribía aconsejándome abandonar el horrible uso del Vudú o solicitándome cita para realizarle un amarre u otras locuras. La última vez que recibí un correo de esta índole, decidí que había llegado el momento de rehacer la página, en lugar de esperar a sufrir de nuevo preguntándome que había hecho yo para atraer a personas así. No obstante, sin duda alguna la versión anterior era mejor.

Como el “Nací, crecí…”, prefiero dejárselo a David Copperfield, pasaré a contar tan sólo unas pocas cosas de mí, harto aburridas pero reales.

Mi madre me enseñó a leer siendo más pequeña de lo habitual, por lo que lo hacía mucho más rápida y fluidamente que mis compañeras del primer curso. Mientras ellas balbucían lo de mi mamá me mima, yo leía lo poco que había en las estanterías del aula: vidas de santos para niños, cuentos muy extraños sobre Pandora y la caja de los vientos, y relatos de Oscar Wilde (¡menos mal!). Al llegar a casa la emprendía con los que estaban a mi alcance en la librería: La Tía Julia y el Escribidor, Pantaleón y las Visitadoras, Papillón, La Romana, El Tunel…(Je, je, sí, lecturas para niños…) Un día, mientras leía mi favorita, pensé algo así como “Esto puedo hacerlo yo”, y decidí que algún día lo haría. Por entonces pensaba sólo en novelas realistas, como las que leía, y suponía que tendría que esperar a los cuarenta años antes de tener experiencias propias, formación adecuada y conocimientos del mundo para poder escribir. Pero de repente, con veintiocho años, una historia me exigió ser escrita, la titulé La Concubina del Diablo.

Finalizado el tormento escolar, estudié las carreras de Turismo (para conseguir un trabajo) y Geografía e Historia (para encontrar inspiración al escribir). También comencé Biología, pero por desgracia las prácticas eran incompatibles con el horario de mi trabajo y tuve que abandonar. Poseo montones de diplomitas de mis otras áreas de interés estudiantil: informática, comercio, creación de empresas…

Sé bastante de Internet (¡Soy Técnico en Redes de no sé qué y Autopistas de las Información! ¡Tomaaaa!), y se puede decir que es a lo que me dedico profesionalmente. Siento profunda envidia de las generaciones actuales, que ya nacen con semejante magia en sus vidas. Aunque lamento que algunos sólo lo utilicen con fines mediocres, como los que llegan a mi sitio buscando “un resumen o comentario de texto de El Crimen de Lord Arthur Saville”. ¿No podrían sacar tiempo, entre botellón y botellón, para leerlo ellos mismos?

Viajo mucho, es mi actividad preferida y estoy siempre dispuesta. Eso me sirve para mis novelas, con sus personajes viajeros y la variedad de ambientes. Adoro a los animales, detesto las corridas taurinas y cualquier otra forma de abuso contra ellos.

Habito en un castillo inexpugnable amueblado con mecanismos de evasión: terror, ciencia ficción, relaciones sublimadas, personajes mitificados, seres muy por encima del ser humano…

Y ya está. Te advertí que la anterior versión era mejor…